Mi espejo (1/2)

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La semana pasada te dije que hoy te iba a dar una serie de pautas para que pudieras responder, con cierta aproximación, a la pregunta ¿quién soy?

Quizá me vine un poco arriba, porque la preguntita se las trae. Pero voy a intentar ser fiel a mi palabra y ayudarte con esto de saber quién es uno mismo.

Lo primero que te puedo decir es qué NO debes contestar. 

Quién eres tú

no lo definen las personas que te rodean; así que desechamos respuestas tipo “el hijo pequeño de mi familia”, “el mejor amigo que tienen mis amigos” o “el alumno que todo profe querría tener”. No, esto no nos vale. Porque esto no te define a ti mismo, sino a ti en relación con los otros. Y aunque el ser humano se define por ser un ser social, cuando nos preguntamos quiénes somos, estamos buscando nuestro yo más originario y auténtico, nuestro yo-mismo, si se le puede llamar así.

Creo que lo que somos

independientemente de los demás tiene más relación con lo que sentimos que con lo que pensamos. Porque los pensamientos y las opiniones pueden variar a lo largo de la vida, pero las emociones… las emociones han venido para quedarse.

Así que hay dos preguntas

que te pueden dar más pistas que ninguna para responder la pregunta ¿quién soy?, y son (todo esto en mi opinión, que conste):

  • qué me hace sonreír
  • qué me hace llorar

Y no me refiero

a si ves una peli cómica o si te caes y te abres la rodilla; me refiero a eso que te remueve por dentro de tal manera que acabas o con una sonrisa bobalicona o con los ojos humedecidos; y ahora no me vengas con que tú no lloras de emoción por nada. Además, te hago un spoiler: cuanto más mayor te vas haciendo menos te cuesta que algo te haga llorar.

Las cosas que te remueven por dentro dicen mucho más de ti que cualquier otra cosa. Piénsalo. Dale una vuelta. 

Y ahora que he cumplido con lo pactado, te dejo ahí rumiando esto. Espero que te sea útil para conocerte a ti mismo o a ti misma un poco mejor.

Y nos vemos en la siguiente, si tú quieres.

Miren

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El espejo de las redes

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Angel Martín, uno de mis autores favoritos de textos interesantes, acaba de finalizar su informativo matinal de manera definitiva. Era un informativo de lo más interesante, solo duraba dos minutos, pero te quedabas con lo importante del día y parecía que te lo estaba contando tu mejor amigo. Pero no voy a eso.

Para explicar por qué cancela el informativo, una de las cosas que dice y que me parece que hay que transmitir con altavoces es:  “Esto termina porque me inquieta mucho sentir que a causa de las redes e internet estamos empezando a perder la capacidad de ver quiénes somos y qué queremos realmente.

Creo que confundimos los logros de otros con lo que queremos nosotros”.

Y esto me ha hecho pensar. Cuántas veces, yo, que vengo de un mundo analógico, he caído en creer que eso que veo en las publicaciones es lo que quiero ser-tener-vivir yo. Y ya te digo que yo he nacido en un mundo absolutamente analógico, con lo que se supone que mi generación está un poco más vacunada ante tanto influencer desorientado.

Y si yo, que ya vengo con la vacuna por defecto, aunque solo sea por la edad, caigo en esto… ¿Cuántos jóvenes de hoy en día, cuando comienzan su andadura por las redes sociales como meros consumidores, caerán en esta confusión?


Así que hoy sólo quería transmitirte esto que nos dice Ángel: las redes sociales no son un espejo en el que mirarte. Los sueños de los que aparecen en redes, por otra parte perfectos desconocidos por nosotros, no son los tuyos. Ni las cosas que tienen ni las vidas que tienen. Para empezar, porque lo primero que habría que saber es qué porcentaje de toda esa apariencia es realidad. Porque que ellos lo muestren como algo maravilloso que les da la felicidad, no significa que tenga que ser la tuya.


No tengo muchos consejos que dar al respecto, solo te puedo contar lo que hago yo y lo que a mi me ha ayudado: intenta desconectar de las redes de verdad; es decir, que tu tranquilidad no dependa de si has podido abrir el Instagram o el TikTok cuando tenías una décima de segundo; si no poder hacerlo te genera ansiedad, atiende a eso porque es una señal de alarma.


Otro consejo: a la vez que apagas la voz de las redes sociales en tu cabeza, enciende esta otra voz: ¿yo qué quiero? ¿a mi qué me motiva? ¿cuáles son mis sueños? ¿qué hace que me levante cada mañana (aparte del despertador)? 

Porque solo así tomarás conciencia de lo que tú quieres.

Pero sólo hay un modo de llegar a saber qué quieres, y es partir de la otra gran pregunta: ¿quién / cómo soy? Pero ésa, si quieres, la dejamos para el próximo día: claves para poder saber quién y cómo soy realmente.


Dejo ya la chapa. Un par de voces me han dicho que mejor si hago las newsletters un pelín más cortas. Eso va a ser difícil, te lo digo desde ya mismo, porque si algo me cuesta es ser breve. Aquí cada uno tiene su pedrada, pero en ello estamos.

Y nos vemos en la siguiente, si tú quieres.

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¿¿Quién eres??

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¿Y tú quién eres? ¿Eres el pijo o  la pija? ¿Eres el empollón o la empollona? ¿Eres el chungo o la chunga? Quizás seas el/la friki, el rarito o la rarita o el/la pro. O quizá seas totalmente anodino/a, sin ningún matiz que te pueda incluir en un grupo u otro.

O quizá no seas ninguno de ellos porque tienes un poquito de cada uno en mayor o menor medida, no en todos igual. Hay gente que es un 80% chungo, un 3% rarito y el resto es anodino. Y hay gente que es un 80% cool pero tiene un 10% chungo que cuidadín.

O quizá hay días que te levantas muy pro, pero al día siguiente estás pana floja literal.

O te levantas muy chungo pero a medida que avanza el día te vas volviendo un poco más pro.

O quizá ninguna de todas estas cosas y todas a la vez.

Pero, tú lo sabes, yo lo sé y el universo entero lo sabe, tienes una etiqueta. Y aunque no tenga nada que ver contigo, con el/la que eres por dentro de verdad, sabes que la llevas colgada a la espalda y no hay manera de quitártela de encima.

Es lo que tienen las etiquetas. Las que te ponen a ti, las que pones tú a los demás: impiden que conozcamos a la persona de verdad, cómo es genuinamente. 

Si es esto lo que te pasa, sólo tengo una recomendación que hacerte: cambia de gente. Porque quien te conoce y reconoce en una simple etiqueta ni te conoce ni, lo que es mucho peor, tiene interés en conocerte.

Las personas que ponen etiquetas o admiten sin discusión las etiquetas que ponen otros no se merecen tu compañía. Punto. Y esto, sin discusión.

Tú, y yo y cualquiera valemos mucho más que una etiqueta.

A veces no podemos sacudirnos a la gente de encima por la simple razón de que trabajan en el mismo lugar que uno (compañeros de clase, compañeros de trabajo, lo mismo da); pero mándate este mensaje a ti mismo: algún día dejaré de ver la cara de esta persona; algún día volaremos de aquí y cada uno irá por un camino diferente; ese día no volverás a verme… (aquí puedes poner el calificativo que tú quieras, que está feo que lo haga yo).

Mientras tanto, intenta evitar a esas personas, invisibilízalas; porque las invisibles deben ser ellas/os, no tú.

Te ahorrarás mucha frustración gratuita y mucha rabia que luego se convierte en odio. Las etiquetas son parches, y los parches son para las mochilas, no para las personas.

Y cuando salgas al mundo laboral, al mundo abierto fuera de un aula, te darás cuenta que la gente es bastante más flow libre y más no labels.

Mientras tanto, tú y yo nos veremos, si tú quieres, en la siguiente.

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¿Cuál será tu éxito?

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El otro día vi un video en Instagram de Borja Adanero, CEO de The Power Business School, la escuela de negocios donde me formé en Marketing Digital cuando me di cuenta de que mi camino me llevaba al mundo online.

En ese video Borja dice, entre otras cosas, que el éxito empresarial es que tu empresa facture por lo menos 100 millones de euros al año.  Como no podía ser de otra manera en la red social, la gente se le echó encima; decían que estaba haciendo de menos a las personas que no han llegado a ese nivel de facturación. 

Y Borja Adanero tiene toda la razón y eso no significa que esté haciendo de menos a nadie; lo explica en su siguiente video: te puedes considerar una persona con éxito empresarial cuando tu empresa está entre las cinco o siete primeras en el sector. Si no estás ahí, eres una empresa más, que se distinguirá por lo que sea del resto, pero que está ahí, en el inmenso grupo de las empresas del sector.

¿Eso quiere decir que todos tengamos que tener nuestro objetivo en conseguir ser uno de los siete más grandes? 

No. 

Es más, es necesario que no sea así, porque si no, ya me contarás. La lucha entre los grandes ya es suficientemente titánica como para que, además, nos metamos todos en el mismo ring.

Entonces, Miren, si mi objetivo no está en ser uno de los grandes, ¿mi objetivo es menor? 

Bueno, quizá sea menor en términos monetarios. Cuantitativamente menor. Vale. 

El núcleo de todo esto es que somos personas, que no se completan solo con dinero. Nuestro ser personas no es un ser cuantitativo, sino cualitativo. Hay objetivos mucho más importantes que quizá (seguro) nos reporten menos dinero.

Para empezar está lo que de ninguna manera quieres hacer y dónde no quieres estar. Y no se trata solo de a qué no te quieres dedicar, sino más bien de qué tipo de vida no quieres llevar. Yo, por ejemplo, no quisiera ser de ninguna manera astronauta ni viajar al espacio. Esos viajes millonarios que se empiezan a hacer ahora en plan turista fuera de la atmósfera terrestre… va a ser que allí no me encontrarías nunca. Y no por lo que cuestan. No los quiero ni regalados.
También sé que no me gustaría tener una academia física, me refiero a aulas físicas con profesores contratados, etc etc. Hubo un momento en que me pareció buena idea. Pero ahora mismo sería más una carga que un trabajo ilusionante.
Y uno acaba por llegar a saber más o menos qué objetivos quiere llegar y qué le importa en la vida, empezando por lo que no quiere que ocurra y por qué. 
Hay personas que nunca saldrán en Expansión ni en Forbes, y sin embargo, su éxito en la vida habrá sido rotundo. No será un éxito profesional. Será un éxito personal, que puede ser laboral o no.
La Madre Teresa de Calcuta vivió siempre entre la pobreza más pobre del mundo. De hecho, ella lo decía así: me dedico a los más pobres de entre los pobres: los que no tienen nada, ni siquiera dónde caer muertos; estigmatizados y rechazados por sus familias y la sociedad entera, nadie les mira a la cara.

La Madre Teresa de Calcuta vivió siempre entre la pobreza más devastadora. Sin embargo, su éxito fue internacional. La monja que vivía con mucho menos de lo necesario, fue Premio Nobel de la Paz en 1976, tuvo numerosos premios a lo largo de su vida y una vez falleció, fue nombrada Santa por el Papa Francisco en 2015. Cuando murió, el gobierno de India le organizó un funeral de estado (funeral especial dedicado a jefes de estado y presidentes).

Me da a mi que cuando Elon Musk muera, ningún gobierno le hará algo parecido. 

Y hay más ejemplos, no creas. Mahatma Ghandi, Martin Luther King, Nelson Mandela… y los miles de personas que habrán llegado a un éxito personal abrumador en el más estricto anonimato y con el dinero justo para llegar a final de mes.

Pero esas personas… estaban donde querían estar. Creo que no hay éxito más arrollador que ese.  

Una vez una profesora (era mi tutora de curso, además) nos hizo redactar un ejercicio titulado “Cómo me veo dentro de veinte años” o algo así. Fue un ejercicio que supuso en mi un antes y un después. Porque me puse a escribir de una manera casi febril, creyendo que iba a dejar boquiabierta a mi profe (a la que yo, además, admiraba). ¿Y sabes que me contestó cuando me lo devolvió? Me dijo: vuelve a redactarlo, y esta vez no te centres en QUÉ quieres ser, sino en QUIÉN quieres ser. De ahí el punto de inflexión que supuso aquel ejercicio. 
Por eso, cuando pienses en términos de éxito o fracaso… piensa quién quieres ser tú, dónde quieres estar y qué te hace feliz.

Y nos vemos en la próxima, si tú quieres.

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Cambios de planes

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La newsletter que estaba programada para salir hoy no sale hoy. No puede salir hoy. Y no sé si saldrá la semana que viene porque ya veremos cómo evolucionan las cosas. 

El jueves 31 (Halloween para más señas) puse las noticias a las siete de la mañana, como cada día. Me había acostado el día anterior con mi España en paz, con los problemas de siempre y los políticos dando mucho la vara con sus cosas y preocupándose muy poco por las de los demás (unos y otros). Vamos, España como una noche más, todo normal.

Y el jueves pongo las noticias. Y un paisaje dantesco se reveló en la pantalla; veinte muertos en unas inundaciones por una dana en Valencia. Rápidamente se me vinieron a la mente todas las personas que quiero y que viven por esos lares. Empecé a mandar audios preguntando si estaba bien (se me olvidó una amiga mía, porque como es de Donosti y yo la conocí viviendo en Pamplona las dos, en mi cabeza siempre la ubico en el Norte). Bueno, el caso es que todos los que yo conocía estaban bien. Luego pusimos mensaje a la familia que tenemos en Cataluña porque oímos que la dana se aproximaba hacia allá, y también estaban todos bien.

Pero había mucha, muchísima gente, que no estaba nada bien. Y aunque no sean amigos o familia, son mis compatriotas. Y los quiero.

Los muertos iban en aumento, las dificultades, cada vez mayores, y el resto de España ya estaba organizándose para poder ayudar a la zona de la tragedia. Como cada vez que ocurre una tragedia de esta envergadura, decidí que pondría las noticias en tres momentos del día concretos (mañana, mediodía y noche) para escuchar la última hora de la información, unos diez minutos es suficiente, y apagar la tele el resto del tiempo, porque al final la tristeza es tanta que te impide seguir con el día que tienes por delante.

Y como siempre que ocurre una catástrofe como esta, pensé… no puedo vivir al margen de esto. Yo, que de normal, vivo bastante al margen de la vida en la calle, pensé que de alguna manera tenía que conectar con esas personas que están sin absolutamente nada. Luego te cuento lo que vamos a hacer en casa.


El caso es que lo que te quería decir es: no vivas al margen. Ayer jueves y hoy viernes me he encontrado con personas que era como si no fuera con ellas. Siguen su vida sin preguntarse ¿qué puedo hacer yo en esta situación? Y no te estoy hablando de dinero. Te hablo de prioridades. No puede ser que el jueves por la mañana tuviéramos cien muertos (mientras escribo son ya doscientos dos)  y mi prioridad por encima de todo sea celebrar Halloween.

De verdad que no quiero decir que estuvo mal si tú lo hiciste, porque no conozco tu vida ni tus circunstancias. 
Yo solo digo que se me hace un poco inhumano estar celebrando el día de los muertos con zombis y cadáveres de plástico cuando en España están muriendo centenas de personas por una catástrofe climática, como si no pasara nada. ¿De verdad a nadie se le ocurrió decir “se cancela Halloween, vamos a organizar una recogida de ropa y llevarla al punto de recogida más cercano”? Mientras policías, bomberos y protección oficial se dejan la vida (literalmente la vida, porque casi ni duermen) intentando sacar desaparecidos de entre los escombros, ¿vamos a hacer una fiesta de muertos vivientes? ¿Esa es nuestra prioridad?

No lo entiendo. Sé que la vida sigue y que hay que continuar. Pero una cosa es continuar con la vida y otra mirar hacia otro lado en una situación así e irme de fiestuki (y encima de muertos). No sé tú pero yo pienso que a veces las circunstancias de los demás me apelan a que cambie mis planes establecidos.

Te cuento lo que vamos a hacer en casa: hemos pensado que los niños que han sobrevivido a la dana van a tener unas navidades diferentes; a algunos les faltarán familiares, quizá sus propios padres o hermanos, y muy probablemente se encontrarán en una situación difícil. Voy a informarme de si por Navidad en algún sitio se organiza una recogida de juguetes para ellos (yo me veo incapaz de hacerlo por falta de medios). El caso es que, como creo que es algo que es bastante probable que se organice antes de Navidad, en casa vamos a hacer una revisión de los juguetes que hay y los que estén en buen estado, los vamos a donar. Es algo que hacemos periódicamente, pero este año vamos a poner el corazón más en ello.


El próximo sábado saldrá la newsletter que iba a salir esta semana. Supongo. Mientras no haya acontecimientos que justifiquen cambiar los planes.

Te espero en la próxima, si tú quieres.

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El plan B

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Las cosas no siempre salen como nosotros pensábamos que iban a salir. Y a veces esto ocurre en cosas sin importancia: pierdes un tren, las entradas para aquel concierto están agotadas o se te olvidó comprar el material para la actividad del cole de mañana y ya está todo cerrado. Son cosas que fastidian un poco la vida pero que tampoco es que nos aniquilen la existencia.

En estos casos, ¿qué hace tu cerebro, aunque tú no te des cuenta?

Tu cerebro busca un plan B: voy a ver si hay algún autobús a esta hora, iré a ver a ese grupo en otra ocasión o iré a ver a otro grupo, a ver si pillo algo abierto antes de entrar en el cole (siempre hay un bazar a mano). Y ya está, el organizador de planes B que tenemos en el cerebro nos salva de llegar tarde, de aburrirnos o de quedar fatal en clase.

La cosa es que estas ocasiones, aparentemente sin importancia, son muy importantes y necesarias. Por dos razones: la primera es que tu cerebro aprende a frustrarse (esto quiere decir que vas teniendo cada vez más aguante para las pequeñas mierdecillas que nos pasan cada día); en términos de psicología se llama resistencia a la frustración; vamos, que te vas haciendo resistente a que te pasen estas cosas, te vas haciendo roca por dentro (¿me explico?).
La segunda, es que es un gran entrenamiento para cuando llegan esas mierdecillas pero tamaño Estatua de la Libertad.

Imagina ahora una persona que nunca ha tenido que luchar con ese tipo de cosas; nunca ha perdido un bus, ni un tren ni un metro; nunca ha llegado tarde a ningún sitio; nunca se ha perdido nada de lo que quería hacer en sus ratos de ocio; siempre ha estado donde quería estar pasándoselo bien; siempre ha quedado como persona responsable en su cole o su insti. Nunca ha tenido que aguantarse las ganas de llorar de impotencia por algo que ha salido mal o que no ha salido, nunca ha tenido que aguantarse las ganas de pegar un grito o dar un puñetazo a la mesa o a lo que tuviera cerca y jamás se ha quedado sin internet mientras jugaba online por un fallo del router.

Ahora imagina que esa persona quiere hacer, pongamos por caso, Medicina. Y, por lo que sea… porque llegó tarde al examen de acceso, porque no le daba la nota, porque se le olvidó cuándo era el último día para matricularse… puede haber mil motivos (aquí la que escribe un año casi se queda sin matrícula por ir el último día de plazo a hacerla). El caso es que… ups, no entró en Medicina.
¿Cómo crees que lo llevará? ¿Una persona que nunca ha tenido que lidiar con la frustración y la contrariedad? ¿Te lo cuento? Su cerebro no será capaz de elaborar un plan B y necesitará que otros, generalmente sus padres, le saquen las castañas del fuego o le arreglen el desaguisado. Y tendrán que hacerlo porque su cerebro estará colapsado ante una tarea para la que no se ha entrenado nunca: elaborar un plan B ante una frustración.

Pero es que además hay una tercera razón por la que es importante tener frustraciones; ¿no te ha pasado nunca que has hecho cosas, ya sean viajes, planes, o simplemente, leer un libro, que han resultado absolutamente fascinantes, y que si no hubiera sido por que era un plan B no las hubieras hecho nunca? ¿Y que si no hubiera sido porque algo te salió mal o simplemente no te salió, te hubieras perdido algo realmente increíble? Pues con las cosas importantes pasa lo mismo. 

Las empresas de gran éxito empresarial, son lo que son gracias a sus numerosos “planes B” que sus fundadores y sucesivos CEO’s han sido capaces de poner en marcha.

Johnny Depp, el inolvidable Jack Sparrow y unos cuantos personajes más, a cuál más icónico, no es actor porque fuera su primera elección. El, en realidad, quería ser guitarrista; de hecho, tiene una banda, Hollywood Vampires; pero cuando empezó no tuvo el éxito que esperaba; sin embargo, en cuanto empezó a hacer castings para películas, tuvo una respuesta muy positiva; parece que se le daba mejor ser actor que músico; ¿qué hizo?: desarrollar su faceta como actor, que le ha reportado muchísimo éxito y dejar la guitarra como un hobby. Y ser feliz y disfrutar de ambas cosas.
Así que nunca se sabe lo que sacarás de positivo de una negación o una frustración. Quizá el resto de tu vida se beneficie de ello. 

Tú, mientras tanto, entrénate como “planeador o planeadora B de cosas que salen mal”, y prepárate para el futuro.

Y mientras ese futuro llega, nos vemos en la próxima, si tú quieres.

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¿Dónde están?

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Me había dicho a mi misma que esta Newsletter, o blog, o como quieras llamarlo, iba a ser para animarte, motivarte e inspirarte contándote cosas que me llegan de otros. Pero hay semanas en que no puedo; sencillamente porque pasan cosas que me recuerdan a cosas que pasaron y veo que vamos por el mismo derrotero; y me digo, esto no les puede pasar a mis chicos ni a mis chicas.
Otra vez no.

Huelga.

Huelga estudiantil.

Te cuento una cosa: vengo de una generación que, en 1990, hizo una huelga de estudiantes nacional mucho más ruidosa que lo que están haciendo estos días. Hubo movilizaciones en todo el país; manifestaciones, cortes en las autopistas (imaginaos la “alegría” de los camioneros que no podían llevar sus mercancías a destino a tiempo porque a los niños se les había ocurrido que no querían presentarse a la Selectividad)… en fin, sonado.

Algunos alumnos rebeldes decidimos que íbamos a seguir acudiendo a clase. Porque la rebeldía siempre ha sido hacer lo contrario de lo que hace la mayoría; y la mayoría hacían huelga. Y la vida siguió al margen de las protestas, los temarios se fueron explicando mientras la mayoría se sentaba en la autopista, y la Selectividad se llevó a cabo exactamente igual que siempre.

Entonces fue cuando descubrí el engaño tremendo que constituían los sindicatos de estudiantes, y lo insultante que resulta ante los sindicatos laborales de verdad que se parten el cobre por conseguir que los derechos de las personas trabajadoras no sean suprimidos en las empresas.

Y te cuento por qué: porque los trabajadores que van a la huelga pierden su sueldo diario cada vez que dejan de ir a trabajar para luchar por sus derechos. Cada vez que hacen una huelga, arriesgan su puesto de trabajo, porque ninguna empresa quiere huelguistas en sus filas.

Y arriesgan su salario, con el que sostienen a sus familias, porque aquello que están reivindicando es algo que realmente se merecen por el mero hecho de ser personas trabajadoras.

Los estudiantes, ¿qué arriesgan ellos? ¿Alguien les va a negar una convocatoria de examen? ¿Van a poner en peligro algo de lo que dependa directamente su sustento, el suyo y el de su familia? 

Hace unos meses vivimos en nuestro país las movilizaciones de los agricultores. ¿De verdad hay alguien que piensa que es algo comparable a un montón de chicos y chicas que deciden no ir a clase porque la EvAU no les parece bien? ¿En serio? ¿Tú crees que si les preguntáramos uno a uno a los estudiantes que no van a los institutos qué reforma de la EvAU se está exigiendo, sabrían responder?

¿Y sabes por qué? Porque lo único que buscan, lastimosamente, es dejar de ir a clase. Ya está. A esto se reduce todo. A unos pocos, les sirve de entrenamiento para saber lo que harán el día de mañana cuando entren en contacto con un sindicato de verdad y cómo funcionan los sindicatos. Les enseñan a lanzar consignas pegadizas y a poner cara de “aquí estoy yo”; pero luego sus vidas seguirán en el mismo nivel de comodidad que ha ido teniendo hasta este momento. En realidad, la calidad de la enseñanza en nuestro país les importa muy poco. ¿Te lo demuestro? Ahí va:

¿Dónde están los sindicatos de estudiantes cuando hay un caso de acoso escolar en un centro, para defender a la víctima?

¿Dónde están los sindicatos de estudiantes cuando hay abusos sexuales en los centros, para exigir medidas de seguridad?

¿Dónde están cuando hay ausencias prolongadas de profesores sin sustitución a la vista, para asegurarse que la calidad de su formación no va a verse menoscabada?

¿Dónde están cuando en un centro no hay rampas ni accesos adaptados para personas de movilidad reducida?

¿Dónde están, en fin, cuando de lo que se trata es de exigir una educación de secundaria al nivel de las exigencias del mercado laboral? ¿Cuándo han exigido que se realicen trabajos interactivos en clase, en lugar de largas sesiones magistrales en las que solo hay que escuchar? ¿Cuándo han exigido trabajar y estudiar más?

¿Y sabes cómo se consigue eso? Sólo hay una manera: estudiando, yendo a clase, haciendo preguntas, formandonos para ser los mejores profesionales del futuro (en lo que sea), exigiendo al profesorado que enseñe mejor, exigiendo a nuestros compañeros de curso que sean buenos compañeros de curso; es decir, siendo persona incómodas.

Y eso está muy lejos de lo que hacen los sindicatos de estudiantes en estas huelgas.

Perdóname si esperabas otro tipo de newsletter hoy. No me he podido resistir. Te prometo que la próxima volverá a su habitual tono.

En la pŕoxima… si tú quieres.

Miren

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¡¡¡Ya estamos aquí!!!

Imagen de Didgeman en Pixabay

Me encantaría poder preguntaros a cada uno y a cada una qué tal ha ido el verano, y que esto fuera una quedada en grupo para ponernos al día unos de otros. 

Pero bueno, como eso no puede ser (al menos por ahora), voy a expresar un par de ideas que tenía en la cabeza cuando me puse a pensar qué iba a escribir yo en la primera entrega de la newsletter de este curso. Tengo muchas ideas, pero la primera del curso es algo así como “eh, qué tal te va, cuánto tiempo sin verte, cómo te ha ido” y cosas del estilo.

Y si, hay dos ideas importantes que quería contarte.

La primera es que el verano que hayas tenido no define el grado de tu felicidad. 

Me explico: cuando comienza el curso, en muchos centros les da por empezar a preguntar a los alumnos (en voz alta y delante del resto de la clase) cómo ha ido el verano. Y parece (y ojo, que digo parece) que todo el mundo ha hecho unos planes increíbles: veraneos en la playa, campamentos alucinantes (en inglés, en alemán o en español de España) donde parece (y, ojo, que vuelvo a decir parece) que todo el mundo se lo ha pasado en grande y no ha habido ningún mal día por ningún lado; viajes a Italia, Grecia, Estado Unidos o Tailandia (¿qué manía le ha dado a la gente con Tailandia?), o por lo menos una ruta por la costa española del norte, del sur, o del este, da igual; y parece (aviso, tercera vez que uso el verbo parece) que si tú no has ido a un parque temático o de atracciones multinacional, o no te has tirado por una cascada o no has atravesado un barranco… pues no has tenido verano.

Mira, no. También estamos los que no hemos salido de nuestro pueblo en todo el verano, hemos ido a la piscina municipal porque es lo que había y nuestro parque temático ha sido un libro, una peli, una serie, un videojuego o los cuatro amigos que nos hemos quedado en el pueblo o la ciudad; parece que solo nosotros hemos pasado calor (la palabra no sería calor, sería infierno abrasador), hemos sudado como pollos (con perdón de la imagen tan prosaica) y a veces, hasta nos hemos aburrido. 

Pero es que… no se trata de a ver quién hace el plan más impresionante (y más caro, por cierto, que a veces da la sensación de que solo se reduce a eso). Se trata de DESCANSAR: cambiar la rutina, dormir un poco más (¡un poco!), de estar más ratos con los amigos (risas, conversaciones), de ver esa peli o leer ese libro o pasarte ese videojuego que no has podido durante el curso, tomarte una limonada en plan relax o simplemente dormitar la siesta que nunca te puedes permitir. Ese no estar pendiente del reloj. Si eso no es felicidad, ven y cuéntame qué es. 

¿Que el resto de los planes de los demás son muy guays? (Creo que guay es una palabra que debería empezar a dejar de emplear, pero es que describe muy bien lo que quiero expresar) Quizá sí. Pero los planes son, eso, planes. Aquí, lo importante es quién hace el plan y si le hace feliz, si lo disfruta y si lo vive plenamente, cosa que, con bastante frecuencia, esos otros planes dan más quebraderos de cabeza que otra cosa. Que tu campamento eres tú y los tuyos. Quédate con eso.

La segunda idea: no te pongas frenos. Quita el pie del pedal del freno. Estamos en octubre, es ahora cuando se sacan las notas brillantes, lucha desde ya por lo que quieres. Mira, este finde he tenido una experiencia muy negativa. Tanto que me ha supuesto un enfado del tres, un enfado que me ha durado dos días, no te digo más. Un grupo de padres y madres estamos sin pediatra en varios pueblos a la redonda. Y claro, las quejas se oyen por todas partes: en el parque, en la calle, en el cole… El sábado pasado hubo una concentración de padres y madres exigiendo una sanidad digna para nuestros peques, era el sábado a la una. Mala hora: el partido del niño, el vermut, la comida en casa de la abuela, el torneo de tenis, … ¿sabes cuántas personas estábamos en la concentración (de cuatro pueblos)? Pues estaríamos unas cincuenta personas. Vergonzoso, ¿verdad? Pero es que para ir, había que renunciar a cosas.

Esto no nos puede pasar a nosotros con el curso; vamos a luchar desde el primer día, vamos a estudiar, a hacer planificaciones de trabajos, de estudio, a hacer un horario exigente… ¡vamos a por todas!. Pero desde el minuto cero. Porque luego quejarse por los pasillos de casa, del insti o del cole no vale. 

¿Tendremos que renunciar a cosas? Sí, así es, tendremos que hacer pequeña renuncias. ¿Merece la pena? Desde ya te digo que SI. Porque es nuestro futuro el que está en juego. ¿Conformismo?… ¡NO! ¿Determinación?… ¡¡SI!!

Así que…a por todas. Prometo estar aquí siempre que lo necesites.

Te veo en la próxima, si tú quieres.

Miren

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