
Me cansan las quejas. Las primeras, las mías; pero mucho más las de los demás (dónde va a parar).
Las mías me cansan porque sé de sobra que son inútiles. Las quejas sólo sirven si van a un buzón de reclamaciones o algo por el estilo. Y a veces ni eso. Pero las quejas así, al aire, solo contaminan. Así que de un tiempo a esta parte solo monto en cólera si estoy segura de que va a tener un efecto útil. Si no, las evito a toda costa, porque hacen la vida insoportable a mí misma y a los demás.
Pero las de los demás no hay manera de eludirlas. Te caen sí o sí. Te caen como chaparrones de primavera, pero durante todo el año y a todas horas. Quejas por una cosa o por su contraria; la gente que se queja de modo continuo suele hacerlo por todo o casi todo. Si el café está frío, si está caliente, si llueve, si hace sol, si una reunión es a las nueve o a las doce o a las cinco o a las ocho. Siempre hay un pero.
Es gente, por lo general, amargada, si. Y además, no son gente que se queje porque tiene muchísimo trabajo; porque la gente que está saturada de trabajo no tiene ni un segundo para soltar tanto lamento parasitario; en definitiva: personas que se quejan porque esa reunión rompe su sueño matutino o su siesta vespertina. Cómo se nos ocurre.
Lo curioso es que cuando con buena intención (sí, aunque os sorprenda, a veces la tengo) les ofrezco una posible solución o les indico dónde pueden dirigir sus quejas de una manera más efectiva (a los dioses del Olimpo, quizá), eluden la responsabilidad de hacer algo por remediar la causa de sus males: cuando pueden hacer algo para remediar su mal, se quedan de brazos cruzados venga a farfullar.
Y es que si les das la posibilidad de solucionar las cosas, se la quitas de seguir autolamentándose, que es lo que realmente les mueve a levantarse de la cama: oírse a sí mismos esgrimiendo “argumentos” que no son tales (van para políticos) en voz alta delante de un público que no sabe ni de qué están hablando.
Así que van contaminando el aire de malas pulgas, de quejas cansinas, de desmotivación, de desgana y de vulgar ramplonería.
Deja de quejarte. Deja de ser inútil e insustancial. Crece y traspasa ya esa fase de autocompasión inútil. Deja de lamerte las heridas.
Los objetivos (si los tienes) no se consiguen quejándose, sino trabajando, sudando la camiseta de la vida.
La gente que conozco que realmente se enfrenta a dificultades y desafíos son precisamente las que les plantan cara con una sonrisa, luchan como jabatos, se exprimen y además, tienen la valentía de hacer felices a los que tienen alrededor; a estas personas no les oigo quejarse; madres (las que yo personalmente conozco son madres, no me vengáis ahora con el rollo de “y los padres qué”) con dificultades que a cualquiera de nosotros nos abrumarían; alumnos que han recibido tal bullying en forma de menosprecio y vacío que el sólo hecho de tener que acudir a su centro de enseñanza es un acto de heroísmo; personas que han sufrido varias pérdidas irreparables en poco tiempo pero que, cuando te cruzas con ellas, iluminan el ambiente con su sonrisa y su trabajo impecable.
En fin. Que no te inventes excusas. Te quejas por comodidad, por superficial y por insustancial. No me cuentes cuentos.
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