La cábala de la PAU

PAU, EvAU, EBAU, Selectividad… da igual el nombre, el conjuro es el mismo: cada año los hechiceros de turno se encargan de que tenga un nombre diferente para que el abracadabra de la entrada en la universidad tenga una especie de lavado de cara.

PAU. Mantra que repetimos incesantemente, día sí día también, a nuestros estudiantes de último curso de secundaria. Nombre mágico, hechizo que invoca a las fuerzas sobrenaturales de los que viven en las tierras altas del estudio a las dos de la madrugada. Mal hecho, por cierto. No estás estudiando matemáticas en la NASA, chaval.

A ver, pongamos las cartas el tarot sobre la mesa. Seamos sinceros: está mal hecha, pero mal hecha con ganas.

Para empezar, el bautizo: PAU. Prueba de Acceso a la Universidad. 

¡JA! 

Puedes llamarle prueba de acceso a la universidad si me dices que vas a examinar sobre los contenidos que se van a estudiar en esa universidad. Pero el caso es que en ese examen no se evalúa nada que tenga que ver con lo que uno vaya a estudiar en el gran mausoleo del prestigio académico. Es simplemente una validación repetida de lo ya estudiado, evaluado y aprobado en Bachillerato (¿os suena la franquista reválida?). Me imagino a los que la idearon: 

-Oye, ¿cómo podemos putear a los de 17? 

-¿Y si les hacemos pasar un macroexamen de lo que ya se han examinado Y APROBADO?

-Pero si ya se lo saben…

-No no no no. Hagámoslo muy cabrón: varios días de exámenes, un criterio de evaluación cambiante cada año, un sistema de calificaciones más oscura que la factura de la luz…, que suden tinta. 

-Joder… Qué buena idea. Pero, ¿y si no la pasan? Porque no les podemos invalidar los exámenes que ya han pasado en secundaria. Vamos, los profesores se nos echan encima.

-Puesss… déjame pensar… ¡ya está! Al que no la pase, que se joda y que no pueda entrar en la uni. Ya verás qué último curso de secundaria pasan, jajajaja.

Así debió parirse el trauma nacional del bachillerato. No sé si pisando moqueta o colillas y serrín.

A ver, Hechicero del Reino, ¿quieres hacer un examen de acceso a la universidad? Pues dale a la sacrosanta universidad pública de este país la capacidad de poder evaluar de aquello que necesitan saber para estudiar un grado en concreto a los alumnos que quieran entrar en la élite del saber. Porque lo que no tiene sentido es que hagas el mismo examen al que quiere estudiar Filología que al que quiere estudiar Medicina o Matemáticas. ¿De verdad no se te había ocurrido o  es que tienes un empeño especial en seguir manteniendo las formas de los años 50?

Y esta es otra, no tiene nada que ver la PAU de Canarias con la de Madrid ni con la de Galicia, ni con la del País Vasco ni con la de Andalucía. La PAU de Lengua de Canarias es un paseo por la campiña en comparación con la de Madrid. Vaya, que sacar un siete o un ocho es mucho más fácil en las Afortunadas que en la capital del reino. Pero si después un alumno de Canarias quiere entrar en la Complutense, en una facultad que exija un mínimo de 11 en la PAU, lógicamente tendrá más facilidad que si lo hace un alumno de Madrid. Hechicería de la buena. Si alguien se ofende, ya tiene dos trabajos

Conjuremos a los dioses, hagamos la danza de la tribu para que los evaluadores nos sean propicios y esperemos que lo que vayamos a estudiar esté en consonancia con nuestras mejores notas de la PAU. Hulu-hulu.

Miren G. Arregui

#blog #muypersonal #directoatucerebro 
Imagen de David Krüger en Pixabay

O pan o mandos de la play

Nos quitan el dinero, pero a eso ya estábamos acostumbrados. A que nos suban el precio de la compra, de la energía que necesitamos para vivir –¿Calefacción? Por favor, qué excentricidad-. a que ir de vacaciones se convierta en un scape room económico el resto del año (si tengo que dejar de comer en condiciones el resto del año, que le den a las vacaciones), a que coger el bus o el metro por la ciudad sea un gasto difícil de asumir (en muchos casos imposible), o comprar medicinas que no

estén subvencionadas por la Seguridad Social (pero igualmente necesarias) sea un acto heroico donde los haya. Ya no hablemos de ir al dentista, comprar unas gafas (salud básica, señores, que no estoy hablando de ir al cine).

Nos quitan el dinero. El problema es a dónde va ese dinero. Porque me acabo de enterar de algunas perlas que me han apuñalado el bolsillo. Como, por ejemplo, la del bono cultural: familias que no tienen ni para comer, pero el “niño” de 18 (ese adulto en edad de cotizar) recibe 400 pavazos para ir al cine a costa del dinero público. Y que ahora, además, también le permite comprar videojuegos. Es lógico, ¿verdad? El pobre chaval no tiene con qué entretenerse. Que juegue, que juegue… que mientras esté pegado a la pantalla, no piensa. Y si no piensa, no molesta. Mejor que mejor.

No, no ofrezcamos bonos educativos o bonos bucodentales, o bonos de salud visual, o bonos, que sé yo, de cosas que realmente la gente necesita y no se puede permitir. ¿Cómo se me ocurre que puedan existir bonos para pagar clases particulares, para pagar unas gafas a un adulto o para pagar unos empastes?. Ya no hablemos de la ortodoncia que hoy parece obligatoria pero que cuesta un riñón y medio. 

No. Lo urgente, lo verdaderamente estructural para este país, es que el «niño» de 18 años tenga su ración gratuita de videojuegos. ¿Que los de seis no pueden tener juguetes en Navidad, o sus padres no se pueden permitir pagar una ortodoncia? ¿Que no te puedes permitir el lujo de hacerte unos empastes? Da igual. Lo importante está cubierto: que el nene robe coches en el GTA a costa del contribuyente.

Imagenes editadas de  Mario Cvitkovic en Pixabay y de Jose Rod en Pixabay

Nubes de polvo y gas en prime time

Imagen (editada) de staboslaw en Pixabay

Los talent shows nos están llenando la cabeza de una serie de imbecilidades que, de verdad te digo, la ñoñería de Mr. Wonderful se queda corta. Pero muy corta.

Ojo, que no hablo de todos los talents shows; de un tiempo a esta parte, en algunos de estos programas han introducido un miembro del jurado más “duro” que, gracias a Dios, pone un poco de cordura ante tanta tontería. Pero no en todos. 

Y tampoco de los talents en los que los concursantes son personas ya conocidas, para los que este tipo de programas son un trabajo. Y muy digno, de verdad que si.

Me refiero a esos programas que USAN (sí, así, con mayúsculas y en neón) concursantes desconocidos, en los que les dicen que  ese programa está buscando nuevas estrellas, y que ellos pueden ser esa “nueva estrella”.

En la mayoría de estos “buscadores de estrellas” se dicen unas lindezas…

Una de estas lindezas que suelen decir es que “hay que ser auténtico, hay que ser fiel a uno mismo, hay que perseguir los propios sueños”.

Hombre, ya. Hasta ahí llegamos todos. 

Y no sería ninguna tontería si no fuera porque se lo están diciendo a una chiquita que ha decidido ponerse el mundo por montera, recorrer el mundo ella sola por su cuenta y riesgo, cantar en la calle con su guitarra (que, eso sí, la chica lo hacía muy bien, aunque tampoco era Eric Clapton, te tengo que decir) y vivir de lo que va ganando con su música callejera. Ahora tendrá, ¿qué?, ¿veinte años?. Que siga persiguiendo su sueño cantando por las calles del mundo. Claroooo. Cuando vayan pasando los años y ya no sea tan fácil vivir de la música callejera (lo digo por los montones de músculos que de repente descubres que tienes porque te duelen como cuchillos), cuando ya tenga arrugas y (te lo aseguro) ya no sea tan “inspiradora” para los que la contemplan ni un “ejemplo a seguir”, entonces, ¿qué será de ella? ¿En serio alguien en su sano juicio aconsejaría a una chica joven este “sueño” para un futuro feliz?

¿De verdad la están empujando a que ese sea su estilo de vida de aquí a la eternidad? Sepan ustedes que en este caso, la eternidad termina cuando llegan las arrugas, el cansancio, el hastío y ya “la aventura” no es tan emocionante.

Tampoco sería ninguna tontería si no se lo estuvieran diciendo a un tipo que ya no cumple los cuarenta y que canta peor que yo (conmigo diluvia, así que imagínate). Un tipo que ha decidido dejar su empleo estable para lanzarse a su “carrera musical”. Un tipo que no distingue entre notas más de lo que yo distingo las caras sin lentillas (o sea, nada). 

Pero lo peor de todo esto no son esas personas en concreto (aunque me parece denigrante lo que hacen con ellas). Lo peor es que esos programas los ven millones de personas. Y ya no quiero ni pensar qué puede salir de todo esto en los millones de hogares que ven a estos lumbreras, a estas fábricas de ilusiones rotas y falsas expectativas.

Mejor no pensar. 

Mejor desenchufar y no alimentar sus shares con nuestra cómplice atención. 

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Dignidad a veinte euros

Imagen de NoName_13 en Pixabay

Hace un par de semanas vi un reel en IG acerca de si es muy lógico (o absolutamente ilógico) comprar imitaciones de grandes firmas (en ropa, complementos, perfumes, etc.) solo por el hecho de llevar impreso el logo tal o cual. Te dejo el enlace por si te interesa (es una cuenta enfocada al marketing, @ivanjpereda y es muy buena): https://www.instagram.com/reel/DI3QXhTi142/?igsh=MW45aDU2ZHYzZThiaQ== 

Se generó un debate en el que la mayoría de los seguidores opinaban que la gente quiere lo que no tiene o no puede tener por falta de poder adquisitivo para ese artículo en concreto. Vamos, por falta de pasta.

Pues yo no creo que la gente quiera tener lo que no tiene. A mi no me la dan. Quieren SER lo que no son.

Porque la “gente”, entendiendo el término como la masa informe seguidora de publicidades y perfiles de redes sociales sin ningún tipo de criterio, confunde tener con ser; no es que quieran ese bolso de Vuitton o Carolina Herrera (algunos, por cierto, más sosos que un plato de acelgas hervidas sin sal); sino que quieren que ser vistos, validados, porque si lo llevan es porque lo pueden pagar, y por tanto, tienen cierto estatus. Y ya está. SON de “ese grupo de personas”. SON “alguien”.

Y, ojo, que es un status meramente económico; porque la cultura y el nivel de educación no tienen que ir parejos con el saldo de la cuenta bancaria (ni siquiera con los títulos académicos, que es casi peor). Es más, pretender “ser” a través de un artículo de imitación… da más pena que otra cosa y demuestra poco nivel cultural .

¿Dónde queda la elegancia de alguien que compra un bolso más falso que un Judas de plástico por veinte euros intentando dar gato por liebre a los que quieran creerse que es un auténtico Dior de 5.000? La elegancia del engaño, qué paradoja. 

El quiero y no puedo que tan bien radiografió Pérez Galdós en Miau. Algunos no han cambiado mucho desde entonces, parece. Siguen queriendo dar una imagen de lo que no son, no de lo que no tienen; y cuando algo no se lo pueden permitir, y además no existen imitaciones que puedan adquirir, dicen que “es caro”, cuando en realidad lo único que ocurre es que “no entra en su presupuesto”, ¡¡vaya tragedia!!

Da igual el vacío existencial de su nevera, total, nadie la ve. Pero sí ven ese abrigo o huelen ese perfume.  

A esos hay que tenerlos alejados. Los del quiero y no puedo, los del bolso de Vuitton mezclado con complementos de bazar. Los de dar gato por liebre. Alejados siempre. Porque si quieren darte gato por liebre en lo que tienen, lo harán seguramente en lo que son, lo que piensan y lo que hacen.

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No me cuentes cuentos

Me cansan las quejas. Las primeras, las mías; pero mucho más las de los demás (dónde va a parar). 

Las mías me cansan porque sé de sobra que son inútiles. Las quejas sólo sirven si van a un buzón de reclamaciones o algo por el estilo. Y a veces ni eso. Pero las quejas así, al aire, solo contaminan. Así que de un tiempo a esta parte solo monto en cólera si estoy segura de que va a tener un efecto útil. Si no, las evito a toda costa, porque hacen la vida insoportable a mí misma y a los demás.

Pero las de los demás no hay manera de eludirlas. Te caen sí o sí. Te caen como chaparrones de primavera, pero durante todo el año y a todas horas. Quejas por una cosa o por su contraria; la gente que se queja de modo continuo suele hacerlo por todo o casi todo. Si el café está frío, si está caliente, si llueve, si hace sol, si una reunión es a las nueve o a las doce o a las cinco o a las ocho. Siempre hay un pero.

Es gente, por lo general, amargada, si. Y además, no son gente que se queje porque tiene muchísimo trabajo; porque la gente que está saturada de trabajo no tiene ni un segundo para soltar tanto lamento parasitario; en definitiva: personas que se quejan porque esa reunión rompe su sueño matutino o su siesta vespertina. Cómo se nos ocurre.

Lo curioso es que cuando con buena intención (sí, aunque os sorprenda, a veces la tengo) les ofrezco una posible solución o les indico dónde pueden dirigir sus quejas de una manera más efectiva (a los dioses del Olimpo, quizá), eluden la responsabilidad de hacer algo por remediar la causa de sus males: cuando pueden hacer algo para remediar su mal, se quedan de brazos cruzados venga a farfullar. 

Y es que si les das la posibilidad de solucionar las cosas, se la quitas de seguir autolamentándose, que es lo que realmente les mueve a levantarse de la cama: oírse a sí mismos esgrimiendo “argumentos” que no son tales (van para políticos) en voz alta delante de un público que no sabe ni de qué están hablando.

Así que van contaminando el aire de malas pulgas, de quejas cansinas, de desmotivación, de desgana y de vulgar ramplonería.

Deja de quejarte. Deja de ser inútil e insustancial. Crece y traspasa ya esa fase de autocompasión inútil. Deja de lamerte las heridas.

Los objetivos (si los tienes) no se consiguen quejándose, sino trabajando, sudando la camiseta de la vida.

La gente que conozco que realmente se enfrenta a dificultades y desafíos son precisamente las que les plantan cara con una sonrisa, luchan como jabatos, se exprimen y además, tienen la valentía de hacer felices a los que tienen alrededor; a estas personas no les oigo quejarse; madres (las que yo personalmente conozco son madres, no me vengáis ahora con el rollo de “y los padres qué”) con dificultades que a cualquiera de nosotros nos abrumarían; alumnos que han recibido tal bullying en forma de menosprecio y vacío que el sólo hecho de tener que acudir a su centro de enseñanza es un acto de heroísmo; personas que han sufrido varias pérdidas irreparables en poco tiempo pero que, cuando te cruzas con ellas, iluminan el ambiente con su sonrisa y su trabajo impecable.

En fin. Que no te inventes excusas. Te quejas por comodidad, por superficial y por insustancial. No me cuentes cuentos.

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El tuerto en el país de los ciegos

Imagen de Antonio López en Pixabay

Me da mucha mucha mucha rabia (pero mucha) esas personas que dicen: “es que con lo fina que tú eres, con lo culta, es que tú eres mucho de pensar”. Y te lo sueltan así, porque a ellos les va la diversión sin límites y a ti te va más estar metida en una mazmorra con un libro de Platón entre las manos. Como si ellos fueran una fiesta continua (que para nada) y tú fueras una momia aburrida (que, mira, tampoco).

Normalmente me quedo muda ante esas tonterías. Mejor muda que maleducada, pienso para mis adentros. Porque contestaciones no me faltan. Pero educación tampoco.

A ver, comodones del mundo. Que quedarse en la zona de confort de la peli fácil, del libro sin trascendencia, del reality facilón, de la conversación sobre qué-quién-cómo-dónde-y-cuándo es como ser una mosca pegada a una de esas tiras con adhesivo. Y te das cuenta de que estás ahí metido y que no estás a cielo abierto, que estás dentro de una cueva mental de la que no sabes salir. Que no sabes distinguir entre conceptos, solo entre imágenes, como aquellos que estaban dentro de la cueva en el mito de Platón. Sí, Platón, sí, un señor muy antiguo que dijo cosas que siempre estarán de moda.

O a lo mejor sí sabes distinguir entre conceptos. Pero no te apetece porque te incomoda, porque te hace pensar (qué cansancio, por Dios), y eso no te interesa. Porque lo mismo descubres algo que te apela a que cambies algún aspecto en tu vida. Y prefieres quedarte en ese barro pegajoso de la tontería, de lo chabacano.

Si eres de ese grupo, cuidado. De los que tienen inteligencia suficiente para ir más allá pero prefieren quedarse en un término medio porque les da seguridad. Porque si aspiran a algo más, quizá se encuentren con un no, y ya lo sabemos, hay personas que no saben lidiar con el no, con una puerta cerrada, con una aprendizaje más por descubrir. 

Y, por qué no decirlo, porque mientras se mueven entre ciegos, ell@s, los tuertos, son los reyes. 

Pues te voy a decir una cosa. Una peli facilona de vez en cuando es necesaria. Una conversación intrascendente y unas risas son necesarias. Yo también las disfruto, aunque a ti te parezca inverosímil. Pero no siempre y a todas horas y en todas partes y con todas las personas con las que me cruzo. 

Y también te diré que me he llevado muchos noes en la vida (algunos, por cierto, de gente como tú), y muchas puertas cerradas por intentar salir de mi zona de confort, pero siempre preferiré que me cierren una puerta en las narices por intentar ir más allá que quedarme en lo de siempre, en lo que domino, en lo que no me supone ningún reto (profesional, intelectual, personal).

Eres el conformista (el que no se pregunta nunca nada, el que siempre dice “da igual”) que se queda contento en su mediocridad. Porque el conformismo es el camino directo a la mediocridad.

Eres el rey tuerto en el país de los ciegos.

Así que ni se te ocurra ni por un momento dirigirme esa mirada condescendiente porque yo prefiera ser aprendiz en el mundo de los que tienen vista. 

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Vuelta a escribir, ¿vas a volver a leer?

Imagen de Kohji Asakawa en Pixabay

Lo primero que quiero hacer es pedir perdón por haber desaparecido sin dar ni una sola explicación; la explicación es muy sencilla y nada dramática; que quedaría muy bien decir ahora “ha sido un año durísimo, no he podido pasarme por aquí ni para escribir dos líneas…”, pero sería falso; he seguido con la vida normal y corriente; con mucho trabajo, eso sí, pero con tiempo para las otras cosas que me importan también. 

Lo que ha ocurrido es sencillamente que no se me ocurría nada que contaros. Miento. Se me ocurrían muchas cosas, pero no encajaban en la idea inicial de la newsletter. No eran experiencias motivadoras de otros que merecían la pena transmitirse, que era la idea inicial de estos post. Pues no. Eran ideas mías y punto.

Y después de un tiempo dándole vueltas, quizá un poco bloqueada porque no sabía si debía seguir escribiendo, he decidido que voy a seguir, pero cambiando de tercio.

No. Ya no voy a transmitir cosas de otros por sistema; si en alguna ocasión me llega algo que creo que merezca la pena, por supuesto que lo haré, pero no va a ser el tema principal de esta newsletter.

¿De qué va a tratar? De temas, ideas, pensamientos, razonamientos, que se me vayan pasando por la cabeza. 

Tengo una cabeza muy productiva que no para de pensar cosas, así soy. Y necesito escupirlas en algún sitio porque, si no, no dejan de dar vueltas ahí dentro. No puedo dar la matraca a mi familia continuamente, imagínate. Tampoco es para hacer videos de Instagram. Así que esta va a ser la desembocadura de un río muy caudaloso. Y me encantaría que tú formaras parte de él. Es más, me encantaría que comentases, que me llevases la contraria o que dieses tu opinión al respecto. Porque en el intercambio de ideas y opiniones es donde crecemos. Si nos limitamos a conversar con personas que piensen como nosotros acabamos viviendo en una burbuja aislada en la que no crecemos de verdad, en la que solo crece nuestro propio ego.

¿Va a tener periodicidad fija? 

Intentaré que sea más o menos semanal, pero no te puedo asegurar que no haya semanas en las que no publique nada.

¿Me gustaría que la compartieras?

Por supuesto. Me encantaría que lo hicieras. Sería guay poder llegar a mucha gente y generar ideas y debate. Siempre con respeto, por supuesto. Pero sería muy muy chulo. Y lo que ya sería la bomba es que cuando la leyeses, me dieses un “me gusta”, no porque te guste, sino como diciendo, “eh, que yo he pasado por aquí”.

¿Es para alumnos? Sí, claro, pero ya no es solo para alumnos; es para todo el mundo. Así que, por fa, comparte, comparte, comparte.

Ah, y tengo una ligera idea de qué va a ir la primera; le voy a dar vueltas a una idea que me ronda desde hace tiempo por la cabeza, aunque a mucha gente le repatea (por qué será) y se revuelve contra ella. Tiene algo que ver con el conformismo y la mediocridad. Ya estoy oyendo a l@s refunfuñon@s. Te lo cuento en la próxima, si tú quieres.

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¿Quién es David Holmes?

Fotografía de The Standard

Acabo de encontrarme

con una historia que me ha dejado desmadejada. No sé si sabes quién es David Holmes. No te voy a contar aquí su vida, pero sí te diré que era el doble de acción de Daniel Radcliffe en Harry Potter y que, por un cálculo mal realizado, hoy está paralizado de cuello para abajo. Un chaval para el que su vida era hacer piruetas y acrobacias ahora mismo no se puede mover de una silla de ruedas.

¿Sabes lo que dice?

Flipa: “En la vida eres una víctima o eres un superviviente. Elijo ser un superviviente, y si eso tiene un efecto en cadena para otras personas que están pasando por dificultades en la vida, entonces ya vale la pena”. Este chaval, que bien podía haberse dedicado a lamentarse el resto de su vida, creó una productora y lanzó un podcast donde entrevista a otros especialistas en acrobacias de cine.

David dice algo

que a mi me ha dejado huella: “Lo único que tiene valor real en este mundo es abrir puertas a otras personas”. Me ha llevado a hacerme dos preguntas: 

  • ¿Cuántas veces me he quejado yo en el último mes (no en voz alta, sino para mí misma)? (Y aquí irían las respuestas A).
  • ¿Cuántas veces he pensado este mes en mejorar, de alguna manera, la vida de los demás? ¿Cuántas veces he pensado en construir (lo que sea)? ¿Cuántas veces me he preguntado por lo que yo puedo hacer en positivo en este mundo? (Y aquí las respuestas B).

Me hubiera gustado

que hubiera más respuestas B que respuestas A. Pero no. Y si me he dado cuenta ha sido porque estamos tan acostumbrados a quejarnos que ya ni somos conscientes de que lo hacemos.

Por eso te propongo

este ejercicio: hazte estas dos preguntas y haz una lista de respuestas A y una lista de respuestas B. Una vez que seas consciente de las respuestas que tienes de cada tipo, rompe la lista de las respuestas A y céntrate en  construir una lista B (aunque sea pequeña, de dos o tres respuestas). 

A esa lista B

ponle número de prioridad o de orden de importancia o de orden de llevar a la acción, lo que prefieras. Ahora tu lista de ideas se ha convertido en una lista de objetivos.

A cada uno de los objetivos

de esta lista, añádele qué acciones concretas tienes que llevar a cabo para poder realizarlos; si alguna de las acciones necesita otra lista de acciones más a corto plazo, de preparación por ejemplo, escríbela. Ahora ya tienes un plan.

Ahora coge un calendario anual

y coloca las acciones. Ya tienes una planificación. Probablemente tendrás que reorganizar el calendario varias veces, pero eso no importa. 

Lo importante es

que ahora tu vida tiene una dirección: abrir puertas a otras personas. Y te darás cuenta de que es lo que realmente merece la pena, te dediques a lo que te dediques.

Te veo en la próxima, si tú quieres.

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Pre – Navidad

Bueno, pues ya estamos aquí. Hoy nuestra newsletter se viste de Navidad.  Parecía que cuando comenzó el curso teníamos por delante toda una vida hasta las siguientes vacaciones y… ya estamos prácticamente a 25 de diciembre.
Es la primera newsletter navideña que te escribo, porque esta aventura comenzó en marzo, si mal no recuerdo.

Para Navidad solo voy a darte un par de consejos; bueno, quizá tres; o cuatro: vamos viendo.

El primero:

pon el foco donde tienes el control. Nos pasamos la vida poniendo nuestra atención en las dificultades que no podemos controlar porque son externas a nosotros. Si empleáramos la mitad de tiempo en intentar mejorar lo que está bajo nuestro control, todo sería mucho más fácil. Nos cambia la vida; sobre todo porque es cuando de verdad cambian las cosas.

El segundo:

no dejes para más tarde lo que puedes hacer ahora; en vacaciones solemos ponernos un montón de metas; y muchas veces se quedan en nada; ¿por qué? Porque no les hemos puesto momento, o porque aunque les hemos puesto momento, cuando ha llegado, las hemos dejado para más tarde; y más tarde se termina convirtiendo en nunca; así que: punto número 1, hazte un horario de cada día (realista, eso sí); y punto número dos, no postergues nada para más tarde.

El tercero:

sal de tu zona de confort. Intenta hacer algo, por mínimo que sea, que se salga de lo que habitualmente haces; ve ampliando experiencias. Puede que salgan bien o no; pero si no las llevas a cabo, siempre te quedará la duda. Y que no salgan bien solo quiere decir una cosa: has vivido, has hecho algo fuera de lo habitual, te has atrevido y has ganado experiencia.

Y nada más, han salido tres. Pero son tres potentes. 

Espero que tengas unas navidades chulas (me da igual si en casa os reunís treinta o si te quedas tú a solas; de cualquier manera, que sea chulas en la manera que tú quieras).

Nos vemos en enero, el 11 de enero, en la siguiente newsletter, si tú quieres.

Feliz Navidad.

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Mi espejo (2/2)

Imagen (editada) de messersrach en Pixabay

El otro día te hablaba de cómo llegar a responder la pregunta ¿quién soy?

Vale.

Pues te voy a contar 

qué me pasó un día con una amiga. Estábamos hablando de cómo había enfocado una ruptura una persona que ambas conocíamos. Y las dos estábamos de acuerdo en que no lo estaba llevando de la manera más sana posible (en cuanto a salud mental se refiere).

Y ahí es cuando empezamos 

cada una de nosotras a decir qué haríamos nosotras en su caso (por cierto, absurdo del todo, porque nunca podemos decir qué haríamos en el caso de otra persona porque no tenemos sus circunstancias ni sus cualidades o sus debilidades). Y aquí mi amiga empezó una descripción de sí misma: “sí, yo haría tal cosa porque como yo soy…” y comenzó esa autodescripción de su modo de ser.

En este punto algo me hizo click. Bueno, más bien me hizo clock, como cuando algo fuerte se cae al suelo y se rompe en dos trozos, clock.

La descripción 

que hacía mi amiga de sí misma no era ni de lejos parecida a cómo es ella o, al menos, cómo la percibimos los demás. Realmente, lo que estaba describiendo era cómo querría ser ella. Lo sé porque la conozco. Y mucho.  

Poco importa 

aquí y ahora cómo terminó la conversación (terminó bien, por supuesto, porque ambas somos inteligentes y además nos queremos); el caso es que a mi me hizo pensar; ¿cuántas veces es posible que yo esté confundiendo el cómo soy con el cómo me gustaría ser? 

Ya me he pillado 

a mí misma un par de veces convenciéndome de que hago esto o lo otro porque “yo soy tal o soy cual”… y al pararme un poco a analizarme, me doy cuenta de que yo no soy tal o cual, sino que querría serlo, o intento llegar a serlo a través de esas acciones que realizo. Así que lo más correcto no es decir “hago esto o lo otro porque yo soy así”, sino “hago esto o lo otro porque yo quiero llegar a ser así”. 

Que somos seres 

en continua construcción es un hecho. El otro día lo dijo Alaska en una entrevista: “hacemos lo que hacemos para construirnos según la persona que queremos ser” (dijo algo muy parecido, pero que venía a significar lo mismo).

Lo importante 

es que seamos muy conscientes de cómo somos y lo sepamos diferenciar de cómo queremos ser y en qué punto del camino estamos para llegar a  ser de la manera que queremos. Y qué nos falta o qué nos sobra en nuestra vida y en nuestro yo para llegar a ser ese yo final.

  • Oye, MIren, ¿no te estás rayando un poco? A lo mejor no es tan importante esto, ¿no? Darle tantas vueltas al coco, no sé yo… se te va a ir la pinza.
  • ¿No conoces a nadie que se comporte como si fuera, no sé, una persona de la realeza, y no lo es; o una persona de la NASA, y tampoco lo es; o cualquier persona muy influyente en algo, y no es nada de todo eso? 
  • Sí, todos conocemos a alguien así.
  • ¿Y esa persona no te parece un poco ridícula?
  • Pues sí.
  • Pues eso. Mejor intentar evitarlo. Saber cómo somos en la realidad y en qué punto de nuestra propia construcción estamos nos hace tener los pies en la tierra.

Espero que sea útil. 

Nos vemos en la próxima, si tú quieres.

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