
Cuando leí esta historia que os voy a transcribir aquí, algo se me removió por dentro. Sobre todo porque pensé que muchas veces nos preguntamos si nos estamos rodeando de las personas adecuadas; pero pocas veces nos preguntamos si nosotros intentamos ser esas personas adecuadas para los que nos rodean.
Esta historia va de un padre; pero podría haber sido de una madre, de un hijo o de un
amigo; porque de lo que realmente va es de ser alguien que ilumina las oscuridades de los demás (y por iluminar no me refiero a poner bombillas, no sé si me entiendes).
Esta historia me llegó a través de la newsletter de Ángel Martín Gómez. Que, si no lo conoces, ya estás tardando ⏳. Ya puedes abrir Google y buscarlo. Me lo vas a agradecer. No es un youtuber, pero entre todas sus cuentas de redes sociales mueve a un millón de seguidores, y tiene una historia muy interesante.
Bueno pues eso, que la historia la cuenta él, que se la contó otra persona, la que le estaba enseñando el pueblo en el que iba a actuar. Aquí te la dejo (ah, por cierto; si eres alumno/a, quizá la hayas leído en clase en comentario de texto; pero lo que he escrito antes no; así que dale un par de vueltas).
Y ya me callo, ahora cuenta Ángel Martín:
“Mientras íbamos camino al teatro, la persona que me acompañaba me iba explicando algunas curiosidades relacionadas con el pueblo.
Sin embargo, no me estaba contando nada acerca de una especie de hueco dentro de una montaña al otro lado del río, donde había una figura iluminada.
Era el típico hueco que, si algún niño me preguntase por él, yo le diría que había sido creado por el puñetazo de un gigante loco que vivió en Blanca hace siglos.
Así que interrumpí lo que me estaba explicando y le pregunté:
“¿Y ese hueco con luz qué es?”
Y de repente noté que (…) bajó un poco la voz y señalando un piso que teníamos encima, me dijo:
“¿Ves este piso de aquí?”
Dije que sí, y de repente me encontré con una historia que jamás olvidaré.
Resulta que en aquel piso vivía un tipo que hace años decidió coger unas cuerdas, unas luces, la figura de una virgen y se fue a esa montaña.
Se deslizó con las cuerdas hasta llegar a aquel hueco oscuro, colocó la virgen, las luces y volvió a casa habiendo convertido aquel rincón en un espacio de luz y esperanza.
(…)
Meses antes de tomar esa decisión, su hijo enfermó de meningitis.
La cosa empeoró y el crío, aunque sobrevivió, quedó obligado a permanecer en cama.
Una cama dentro de una habitación con una única ventana a las vistas más tristes del mundo: el hueco oscuro de una montaña.
Así que el tipo, cogió unas cuerdas, unas luces, la figura de la virgen y se fue a la montaña que tenían enfrente a deslizarse por las rocas para convertir aquel hueco oscuro, en un rincón con luz para que su hijo tuviese algo más bonito al mirar por la ventana que una simple roca oscura.
No tengo ni idea de en qué consiste ser padre, pero sospecho que, de haberlo sido, me encantaría tener la certeza de que soy uno de esos padres que harán lo imposible por convertir la oscuridad en luz.”
Si lees esta historia y no has tenido un padre o una madre como el que te cuenta aquí, no te sientas mal por ello. En serio. A muchos nos ha faltado uno de los dos, y aquí seguimos, en pie de guerra y dando la brasa 💪 más si cabe. Lo que realmente importa es si nosotros hacemos algo por ser esa persona. Si tomamos el testigo en la carrera de relevos y nos ponemos en modo activo en nuestra vida, en modo “dar” y no solo en modo “recibir”.
Y si estás pensando eso de “aún no tengo edad para hacer algo así”, te diré que sé por experiencia que a veces, un niño de nueve años, puede cambiar tu día (sí, para mal también, pero no estamos aquí ahora por eso, no me seas cenizo/a) o incluso salvar tu futuro por el mero hecho de existir. Los que son padres lo entenderán.
Que pases un buen finde. Nos vemos en la próxima, si tú quieres.
Miren
