
Hace muchos años me contaron una historia que si no fuera por la confianza que tengo en la persona que me la contó (que tenía, porque ya falleció), no me la hubiera creído.
Me la contó, nos la contó, porque la contó en clase, pero este señor tenía la virtud de que cada uno teníamos la percepción de que nos hablaba individualmente, don José Luis García Simancas, profesor de Pedagogía de la Universidad de Navarra, asesor de estudios mío por
aquel entonces, y posterior padrino de paso del ecuador de mi promoción. Don José Luis. Porque los demás serían Javier, Feli o Maika, pero don José Luis era don José Luis. Algún día te hablaré de él.
Nos contó que había un profesor de secundaria en Reino Unido (de esto puede hacer fácilmente cincuenta años) que tenía una particular lista de sus alumnos. Él confeccionaba su propia lista. Y esta lista de alumnos tenía varias columnas, que eran:
- nombre del alumno
- número de percha de abrigo (tenían los percheros numerados y cada uno tenía el suyo, muy ordenado todo)
- cociente intelectual (CI) del alumno (sí, así, como lo lees)
- notas de las sucesivas evaluaciones.
Y este buen hombre dedicaba su esfuerzo a cada alumno en función de la capacidad que se suponía que tenía y las notas que iba sacando. Así que a los alumnos con mayor CI les dedicaba más atención, más elogios y más motivación y los colocaba en las filas de delante de la clase; a los que menos CI tenían, en las filas de detrás. Ahora esto es algo que te puede parecer aborrecible, pero entonces debía ser la tónica general.
El caso es que tenía dos alumnos (pongamos que se llamaran Charles y John) que, por sus apellidos, iban uno detrás del otro en la lista.
Charles tenía la percha 80 y un CI de 130 (la media está en 100, y hasta 110 es algo normal; así que este chico tenía una inteligencia muy superior a la de sus compañeros). Y por supuesto, se llevaba todos los esfuerzos de su profesor para su mejoría.
John tenía la percha 130 y un CI de 80, es decir, bastante por debajo de la media de su clase. Por supuesto, estaba en la última fila y su vida académica era un desastre.
Un día nuestro querido profesor copió todos los datos de la lista en otra hoja de papel. y al colocar los datos de Charles y de John, se equivocó. A Charles le adjudicó la percha 130 pero le apuntó un CI de 80. Y a John le dió la percha 80 y le puntuó un CI de 130. Y lo mismo con las calificaciones: las de Charles pasaron a ser las de John y viceversa.
Cuando llegó a clase lo primero en que se fijó fue en que estos chicos estaban mal colocados; colocó a John delante y a Charles lo mandó al fondo de la clase. Pero no solo eso. Durante todo el trimestre dedicó todos sus esfuerzos, sus elogios, sus ímpetus y sus alegrías a John. A Charles no le miró ni a la cara. Tanto uno como el otro debían estar muy desconcertados por el cambio de actitud ante ellos. Charles no tenía tantos retos académicos como solía tener, tenía que contentarse con las tareas que tenían todos los alumnos. Y John empezó a percibir que alguien, por fin, creía que era capaz de algo mejor. Empezó a recibir ayuda extra del profesor y recibía comentarios muy positivos y estimulantes de él.
Al final del trimestre llegaron las notas. Como ya habrás podido intuir, las notas de John mejoraron. Pero no sólo eso. Lo potente es que las notas de John y su ejecución cognitiva fue la propia de una persona con un CI por encima de 120 y la de Charles bajó en picado, hasta ser la propia de una persona con un CI por debajo de 90.
¿Flipas? Sí, yo también flipé cuando me lo contaron. ¿Y sabes qué lectura saqué de todo esto?
Pues saqué dos lecturas.
Miento, en ese momento solo saqué una, que era la que me convenía a mi en ese momento, y la que me repetía a mi misma, que se traducía más o menos en “pasa de lo que los demás piensen de ti, especialmente de los que te tienen que corregir; tú trabaja como si fueras la tía más lista del mundo (que de lejos ya se ve que no lo soy); y punto”.
No trabajes nunca por lo que crees que los demás esperan de ti. Porque para empezar, te diré que cuando nos da por pensar en lo que los demás piensan de nosotros, nos equivocamos siempre. O casi siempre. En serio. Si crees que alguien espera poco de ti en algún aspecto de tu vida, omite ese pensamiento y sigue currándotelo (lo que sea) como si fueras un crack en la materia. Primero porque probablemente esa persona no piensa nada concreto sobre tus capacidades. Segundo, porque si lo piensa, el problema es de esa persona, no tuyo. Tú, a lo tuyo.
La segunda lectura la saqué cuando ya era más mayor. Vamos, que estaba trabajando ya. Pensando en mis alumnos, me acordé de esto. Y me prometí a mi misma a no ponerle techo nunca nadie, a no volcar sobre alguien mi idea de que esa persona no podía mejorar, avanzar, evolucionar. Nunca. Jamaś. Fuera quien fuera o como fuera. Dijeran lo que diejran los números.
Creo que todos nos podemos ver reflejados en los dos lados de la historia. Espero que te haya gustado, pero sobre todo, que te sirva de algo. Y si sabes de alguien a quien le puede servir de algo, pásalo. Las cosas buenas hay que compartirlas.
Que tengas un día fantástico. Hoy. Sí, hoy, porque hoy es lo que tienes. Disfruta lo que tengas que hacer. Y nos vemos en la próxima, si tú quieres.
Miren
Imagen de TRANG NGUYEN en Pixabay
