Una historia de Sergio

Hoy te voy a robar un poquito más de tiempo, quizá dos minutos más de lo habitual; pero merece la pena, te lo aseguro.

Un chaval recién licenciado en Teleco por aquel entonces (hoy ya tiene unos cuarenta años y combina su trabajo profesional con la música), Sergio Sáiz , te cuenta esto:

Yo vengo de una familia y ciudad humilde, Reinosa, donde el frío es una constante y no puedes andar 100 metros sin haber saludado al menos a 3 personas.

Decidí estudiar telecomunicaciones y tuve la gran suerte de poder hacerlo, sin ser consciente de todos los sacrificios que tuvieron que hacer mis padres, los cuales supe al cabo de los años y se me revuelve algo dentro cada vez que lo recuerdo. Jamás les podré estar lo suficientemente agradecido. Hasta segundo de carrera no tuvimos ordenador en casa (¡ya no digamos internet!), y ese primero fue prestado, de modo que hasta entonces tenía que hacer todos los trabajos en el aula de informática de la universidad.

El tiempo pasa y de repente me veo en mitad de Madrid, trabajando entre ordenadores, perdiendo horas y horas en transportes públicos, y no sé cómo ni cuándo descubro el mundo del hacking. Aquello era increíble, ¿cómo podía alguien hacer esas cosas que publicaban después en internet? ¿cómo sabían todo eso? ¿se lo había enseñado alguien? ¿cómo tenían esos recursos para poder y saber investigar? Si yo no sabía ni lo que era un módem no porque fuese muy joven sino porque no tuve la oportunidad. Como todo niño que no es capaz de saciar su necesidad de conocer, allá fui yo, a mi primer congreso de hackers (la primera Rooted) Me sentía un auténtico privilegiado, era como esa sensación de decir “¡mamá, papá, mirad!». Aunque no entendiese la mitad de las charlas, allí estaba, como uno más, aprendiendo e incluso riéndome de los chistes (a veces sin pillarlos del todo) que hacían los ponentes cuando destapaban las vergüenzas de las grandes empresas. Por allí estaba un tío con un gorro de colores y pelo largo al que saludaba mucha gente, “ese debe de ser importante” pensé yo. Los que han montado todo esto han hecho venir a la tele, la sala está petada de gente… Todo era impresionante, te ibas a casa con más ganas todavía de cacharrear con el ordenador.

Por circunstancias de la vida vuelvo a mi Reinosa natal, y un golpe de realidad me da en toda la cara. En toda Cantabria no había nada de ciberseguridad, ni eventos, ni cursos, ni siquiera amigos con los que poder hablar de esas cosas… nada. Aquello simplemente no podía ser, así que me puse a tantear qué había que hacer para hacer yo mismo una CON. Unas cuantas llamadas, unos cuantos mensajes y correos, y en una semana encontré a gente dispuesta a venir aquí, a mi casa (no literalmente), a dar charlas, a ayudar a montarlo. Comentarios como “claro tio”, “venga, cuenta conmigo” o incluso “estás loco, yo te ayudo” nunca se me irán de la cabeza. Aún faltaba una parte importante, el nombre. Tenía que ser algo friki pero que molase. En ese momento me acordé una charla que ví de Rubén Santamarta en la primera Rooted que me rompió la cabeza. Solo recuerdo estar sentado intentando seguir la charla (…). Y como siempre me han gustado los juegos de palabras, ahí surgió: Security HELL CONference. ShellCON o Sh3llC0N. Parecía como si estuviera viviendo dentro de algo irreal, después de preparar todo e involucrar a mucha gente llegaba el momento de la verdad. Recuerdo que cuando empezó a llegar la gente a la CON en Santander (después estar toda la noche ensayando con Carlos el discurso de apertura), nos miramos Tomy y yo y nos dijimos “que han venido, que esto es de verdad”. Ya solo quedaba disfrutar del esfuerzo y las horas invertidas en aquello.

Cuando acabó todo, mi cabeza empezó a imaginar (como siempre) una CON donde la gente tuviera su espacio, no solo charlas y talleres, sino un lugar donde exponer sus proyectos, salas de networking, un sitio donde frikear o donde dejar su CV porque quería mostrar su valor. Pero aún así, me seguía faltando algo. Había un vacío que no se terminaba de llenar, a pesar de todas las amistades hechas, de todos los brindis, de todos los nervios, saludos y despedidas… No era mi Reinosa.

Al cabo del tiempo (2023), y después de un merecido descanso, tras varias idas y venidas dentro de la organización del congreso, ese eco en mi interior, esa esencia que no te deja dormir agusto, me decía que Sh3llC0N no se había acabado a pesar de los esfuerzos por convencerme de lo contrario. Pero esta vez iba a ser diferente, no lo iba a hacer por las empresas y tampoco por dar el gusto a los demás o por conseguir más patrocinios. No, lo iba a hacer por mi, lo iba a hacer por la comunidad y lo iba a hacer a mi manera, como siempre imaginé que sería. Algo familiar, algo cálido y donde todo el mundo se sienta arropado y partícipe. Y sí, tenía que ser en Reinosa, porque es el sitio que me ha visto nacer y porque puede haber otros chavales que tengan las mismas inquietudes que yo tuve y no sepan a dónde ir o cómo empezar. (https://sh3llcon.es/la-esencia-de-sh3llcon/)

¿Y por qué quería que hoy leyeses esto? Para demostrarte que las cosas grandes comienzan por ser muy pequeñas; porque no es imprescindible ser “hijo de” para poder hacer cosas interesantes; porque tú, seas quien seas, puedes (y debes) construir tu propio futuro desde ya, independientemente de tu origen. Porque tu origen te impulsa, pero no te determina. Y el destino lo dibujas, lo construyes y lo reorientas tú.

Feliz fin de semana. Y nos vemos en la próxima, si tú quieres.

Miren

Imagen de Anja en Pixabay

¿Y esto para qué sirve?

Un alumno, esta semana, me ha preguntado (refiriéndose a la sintaxis) la pregunta que pocos se atreven a preguntarme en clase, aunque sé que todos la tienen en la cabeza: ¿Y esto para qué sirve?

La respuesta siguiendo su lógica utilitarista sería decir “para nada”. Porque con la sintaxis no vamos a resolver un problema de la vida del día a día, no vamos a conseguir llegar a tiempo a algo cuando vamos tarde,

tampoco nos va a servir para medir bien un hueco en el va a ir un mueble, ni nos va a solucionar el menú semanal y, mucho menos, la compra.

Y me acuerdo de aquella profe de Antropología que tuve en la facultad que me enseñó que lo que no sirve para nada útil, es porque sirve para todo en general. 

El hombre, por ejemplo, tiene una mano con un pulgar en el lugar opuesto a los demás dedos (no está alineado con el resto de los dedos, como ocurre en la mayoría de los animales). Su mano es una mano, es decir, no es una garra. No sirve para nada útil en sí mismo, no tiene una finalidad específica: no podemos desgarrar, no podemos agarrarnos a las paredes ni a los troncos, no podemos cavar de una manera eficaz… Es algo totalmente inútil desde el punto de vista utilitarista. Sin embargo, sirve para todo: Precisamente porque no tiene  ninguna especificidad, puede servir para todo. Sirve para agarrar objetos, para señalar, para acariciar, para defender, para hablar en lenguaje de signos… 

Pues la Lengua es eso. Quizá aparentemente no sirva para nada útil. Pero sive para todo. Si tienes una buena sintaxis, sabrás expresarte mejor. ¿Que eso no sirve de nada? Cuéntamelo cuando te enfrentes a una entrevista de trabajo. Sirve para comprender mejor lo que tienes que leer, y sobre todo, para que no te den gato por liebre cuando haya alguna incoherencia en el texto (los artículos de opinión de ciertos medios de comunicación están plagados de ellas, y parece que mucha gente no se da cuenta de esto. no seas tú uno de ellos). 

La correcta sintaxis realiza en tu cerebro la misma función que las matemáticas: te ordena el proceso de razonamiento. Hace que tu razonamiento sea ordenado y por lo tanto, más fiable y eficaz. Y eso por no hablar de que tu razonamiento será más elaborado y más complejo si tu sintaxis es elaborada y correcta, porque te recuerdo que pensamos con el lenguaje, pensamos con palabras. No pensamos con bites, ni con joysticks. Pensamos con el lenguaje. Es decir, nuestro pensamiento, por lo general, es verbal.

Así que, ante la pregunta “¿de qué me sirve saber qué pronombres pueden hacer función de complemento directo?” o “¿de qué me sirve saber qué nexos se utilizan en las subordinadas sustantivas?”, te diré que cuanto mejor estructurada esté la sintaxis en tu cerebro, tu razonamiento será más elaborado y más efectivo. Pero además, socialmente, serás una persona que se comunica de una manera correcta, así que tendrás más posibilidad de entrar en círculos profesionales más prestigiosos (te dediques a lo que te dediques). Y, de paso, no te mirarán como preguntando “pero este/a, ¿de qué caverna ha salido?”. 

Y te aseguro que en unos años, esto te importará.

Hay conocimientos que, precisamente por su aparente inutilidad, son extremadamente útiles aunque no se note. 

Que tengas una semana magnífica. Mejor que ninguna. Porque te lo has ganado 

Y nos vemos en la próxima, si tú quieres.

Miren

Imagen de Kerstin Riemer en Pixabay

Digan lo que digan los números

Hace muchos años me contaron una historia que si no fuera por la confianza que tengo en la persona que me la contó (que tenía, porque ya falleció), no me la hubiera creído.

Me la contó, nos la contó, porque la contó en clase, pero este señor tenía la virtud de que cada uno teníamos la percepción de que nos hablaba individualmente, don José Luis García Simancas, profesor de Pedagogía de la Universidad de Navarra, asesor de estudios mío por

aquel entonces, y posterior padrino de paso del ecuador de mi promoción. Don José Luis. Porque los demás serían Javier, Feli o Maika, pero don José Luis era don José Luis. Algún día te hablaré de él.

Nos contó que había un profesor de secundaria en Reino Unido (de esto puede hacer fácilmente cincuenta años) que tenía una particular lista de sus alumnos. Él confeccionaba su propia lista. Y esta lista de alumnos tenía varias columnas, que eran: 

  • nombre del alumno
  • número de percha de abrigo (tenían los percheros numerados y cada uno tenía el suyo, muy ordenado todo)
  • cociente intelectual (CI) del alumno (sí, así, como lo lees)
  • notas de las sucesivas evaluaciones.

Y este buen hombre dedicaba su esfuerzo a cada alumno en función de la capacidad que se suponía que tenía y las notas que iba sacando. Así que a los alumnos con mayor CI les dedicaba más atención, más elogios y más motivación y los colocaba en las filas de delante de la clase; a los que menos CI tenían, en las filas de detrás. Ahora esto es algo que te puede parecer aborrecible, pero entonces debía ser la tónica general.

El caso es que tenía dos alumnos (pongamos que se llamaran Charles y John) que, por sus apellidos, iban uno detrás del otro en la lista.

Charles tenía la percha 80 y un CI de 130 (la media está en 100, y hasta 110 es algo normal; así que este chico tenía una inteligencia muy superior a la de sus compañeros). Y por supuesto, se llevaba todos los esfuerzos de su profesor para su mejoría.

John tenía la percha 130 y un CI de 80, es decir, bastante por debajo de la media de su clase. Por supuesto, estaba en la última fila y su vida académica era un desastre.

Un día nuestro querido profesor copió todos los datos de la lista en otra hoja de papel. y al colocar  los datos de Charles y de John, se equivocó. A Charles le adjudicó la percha 130 pero le apuntó un CI de 80. Y a John le dió la percha 80 y le puntuó un CI de 130. Y lo mismo con las calificaciones: las de Charles pasaron a ser las de John y viceversa.

Cuando llegó a clase lo primero en que se fijó fue en que estos chicos estaban mal colocados; colocó a John delante y a Charles lo mandó al fondo de la clase. Pero no solo eso. Durante todo el trimestre dedicó todos sus esfuerzos, sus elogios, sus ímpetus y sus alegrías a John. A Charles no le miró ni a la cara. Tanto uno como el otro debían estar muy desconcertados por el cambio de actitud ante ellos. Charles no tenía tantos retos académicos como solía tener, tenía que contentarse con las tareas que tenían todos los alumnos. Y John empezó a percibir que alguien, por fin, creía que era capaz de algo mejor. Empezó a recibir ayuda extra del profesor y recibía comentarios muy positivos y estimulantes de él.

Al final del trimestre llegaron las notas. Como ya habrás podido intuir, las notas de John mejoraron. Pero no sólo eso. Lo potente es que las notas de John y su ejecución cognitiva fue la propia de una persona con un CI por encima de 120 y la de Charles bajó en picado, hasta ser la propia de una persona con un CI por debajo de 90.

¿Flipas? Sí, yo también flipé cuando me lo contaron. ¿Y sabes qué lectura saqué de todo esto? 

Pues saqué dos lecturas. 

Miento, en ese momento solo saqué una, que era la que me convenía a mi en ese momento, y la que me repetía a mi misma, que se traducía más o menos en “pasa de lo que los demás piensen de ti, especialmente de los que te tienen que corregir; tú trabaja como si fueras la tía más lista del mundo (que de lejos ya se ve que no lo soy); y punto”. 

No trabajes nunca por lo que crees que los demás esperan de ti. Porque para empezar, te diré que cuando nos da por pensar en lo que los demás piensan de nosotros, nos equivocamos siempre. O casi siempre. En serio. Si crees que alguien espera poco de ti en algún aspecto de tu vida, omite ese pensamiento y sigue currándotelo (lo que sea) como si fueras un crack en la materia. Primero porque probablemente esa persona no piensa nada concreto sobre tus capacidades. Segundo, porque si lo piensa, el problema es de esa persona, no tuyo. Tú, a lo tuyo. 

La segunda lectura la saqué cuando ya era más mayor. Vamos, que estaba trabajando ya. Pensando en mis alumnos, me acordé de esto. Y me prometí a mi misma a no ponerle techo nunca nadie, a no volcar sobre alguien mi idea de que esa persona no podía mejorar, avanzar, evolucionar. Nunca. Jamaś. Fuera quien fuera o como fuera. Dijeran lo que diejran los números.

Creo que todos nos podemos ver reflejados en los dos lados de la historia. Espero que te haya gustado, pero sobre todo, que te sirva de algo. Y si sabes de alguien a quien le puede servir de algo, pásalo. Las cosas buenas hay que compartirlas.

Que tengas un día fantástico. Hoy. Sí, hoy, porque hoy es lo que tienes. Disfruta lo que tengas que hacer. Y nos vemos en la próxima, si tú quieres.

Miren

Imagen de TRANG NGUYEN en Pixabay

Puedes coger las riendas

En mi trabajo estamos habituados a utilizar la palabra actitud como si fuera únicamente la predisposición interna de la persona a portarse bien o mal, o a implicarse en algo o no. En realidad ese es el significado (más o menos) que le otorga la RAE en su diccionario.

Pero la palabra actitud, en el lenguaje coloquial de la calle, significa mucho más. 💯

El otro día leí un post en Linkedin de un experto en ventas al que sigo, Felipe García Rey.

Es un tipo muy listo, muy inteligente, sí, pero fundamentalmente, y esto es lo que le hace verdaderamente grande, es un tipo que se esfuerza mucho cada día: cuando el cuerpo y las ganas le acompañan y cuando no. Un día, en su canal de Telegram, puso un video en el que reconocía que aquel día no era precisamente su mejor día (eran como las seis y media de la mañana) pero allí estaba, en el coche, dispuesto a iniciar su rutina diaria 💪. Te transcribo aquí su post en Linkedin:

«Si no puedes cambiar tu destino, cambia tu actitud.» 🚀

Es fácil quedarse estancado en la resignación, creyendo que el destino tiene la última palabra, pero … ¿y si te dijera que tienes el poder de reescribir las reglas del juego? 🤔

Cambiar de actitud es más que un simple cambio de perspectiva: es tomar las riendas de tu vida, es decidir no ser un mero espectador.

🔥 Imagina las posibilidades si, en lugar de lamentarte, eliges ver cada obstáculo como un escalón hacia tu éxito.

💪🏻Transforma tu frustración en combustible para tu crecimiento.

🫵🏻 Y tú, ¿estás listo para cambiar tu actitud y desafiar tu destino?. Comparte tu opinión o etiqueta a alguien que necesite leer esto hoy.

En este texto hay varias frases que merecerían un post entero cada una. Pero quédate con esta:  

Toma las riendas de tu vida. 

Mira, todas las cosas que me digas que te impiden hacerlo, ¿sabes qué son? 

Excusas.

Porque para tomar las riendas de la propia vida no hay que hacer grandes cambios. Bastan con cambios pequeñitos. Yo los llamo “microcambios”:

  • levantarse media hora antes para hacer ejercicio, meditación, o lo que uno tenga como objetivo; sonreír a las personas con las que nos cruzamos a lo largo del día;
  • cambiar pensamientos negativos (“no voy a saber hacer esto”) por preguntas (“¿cómo podría hacer esto?”),
  • dejar el móvil fuera de la habitación en la que trabajo, o ponerlo en modo avión; poner en orden los papeles de la mesa de trabajo de una vez;
  • introducir una estrategia de organización en mi modo de trabajar (por ejemplo, hacer una lista previa de lo que tengo que hacer)… en fin, podemos introducir mil microcambios en nuestra vida, y con eso ya estamos tomando el control de nuestra vida. No es tan difícil, de verdad.

Es cuestión de ponerse a ello. No lo pienses mucho tampoco si te va a compensar o no (el “no me renta” no sirve aquí). Ponte a ello ya. Ponlo en práctica. Y luego ven y dime que no te ha compensado. Porque estoy absolutamente segura de que si lo pones en práctica, tu vida cambiará para mejor en algún aspecto (o en varios). Y así, cuando vayas sumando con el tiempo distintos microcambios, cuando pasen meses, mirarás atrás y dirás: “anda, ¡pues sí que me ha cambiado el rollo a mí!”. 

Ah, y si algún microcambio de estos no cuaja, no pasa absolutamente nada, porque tampoco habrás perdido tanto, porque para eso son cambios pequeñitos. Vas a por otro, y listo.

Que tengas un finde fantástico. De verdad, te lo deseo de todo corazón. Nos vemos en la próxima, si tú quieres.

Miren

(Imagen de Rolf van de Wal en Pixabay)

¿Quién quieres ser?

Cuando leí esta historia  que os voy a transcribir aquí, algo se me removió por dentro. Sobre todo porque pensé que muchas veces nos preguntamos si nos estamos rodeando de las personas adecuadas; pero pocas veces nos preguntamos si nosotros intentamos ser esas personas adecuadas para los que nos rodean.

Esta historia va de un padre; pero podría haber sido de una madre, de un hijo o de un

amigo; porque de lo que realmente va es de ser alguien que ilumina las oscuridades de los demás (y por iluminar no me refiero a poner bombillas, no sé si me entiendes).

Esta historia me llegó a través de la newsletter de Ángel Martín Gómez. Que, si no lo conoces, ya estás tardando ⏳. Ya puedes abrir Google y buscarlo. Me lo vas a agradecer. No es un youtuber, pero entre todas sus cuentas de redes sociales mueve a un millón de seguidores, y tiene una historia muy interesante.

Bueno pues eso, que la historia la cuenta él, que se la contó otra persona, la que le estaba enseñando el pueblo en el que iba a actuar. Aquí te la dejo (ah, por cierto; si eres alumno/a, quizá la hayas leído en clase en comentario de texto; pero lo que he escrito antes no; así que dale un par de vueltas).

Y ya me callo, ahora cuenta Ángel Martín:

“Mientras íbamos camino al teatro, la persona que me acompañaba me iba explicando algunas curiosidades relacionadas con el pueblo.

Sin embargo, no me estaba contando nada acerca de una especie de hueco dentro de una montaña al otro lado del río, donde había una figura iluminada.

Era el típico hueco que, si algún niño me preguntase por él, yo le diría que había sido creado por el puñetazo de un gigante loco que vivió en Blanca hace siglos.

Así que interrumpí lo que me estaba explicando y le pregunté:
“¿Y ese hueco con luz qué es?”

Y de repente noté que (…) bajó un poco la voz y señalando un piso que teníamos encima, me dijo:
“¿Ves este piso de aquí?”

Dije que sí, y de repente me encontré con una historia que jamás olvidaré.

Resulta que en aquel piso vivía un tipo que hace años decidió coger unas cuerdas, unas luces, la figura de una virgen y se fue a esa montaña.


Se deslizó con las cuerdas hasta llegar a aquel hueco oscuro, colocó la virgen, las luces y volvió a casa habiendo convertido aquel rincón en un espacio de luz y esperanza.

(…)

Meses antes de tomar esa decisión, su hijo enfermó de meningitis.

La cosa empeoró y el crío, aunque sobrevivió, quedó obligado a permanecer en cama. 


Una cama dentro de una habitación con una única ventana a las vistas más tristes del mundo: el hueco oscuro de una montaña.

Así que el tipo, cogió unas cuerdas, unas luces, la figura de la virgen y se fue a la montaña que tenían enfrente a deslizarse por las rocas para convertir aquel hueco oscuro, en un rincón con luz para que su hijo tuviese algo más bonito al mirar por la ventana que una simple roca oscura.

No tengo ni idea de en qué consiste ser padre, pero sospecho que, de haberlo sido, me encantaría tener la certeza de que soy uno de esos padres que harán lo imposible por convertir la oscuridad en luz.”

Si lees esta historia y no has tenido un padre o una madre como el que te cuenta aquí, no te sientas mal por ello. En serio. A muchos nos ha faltado uno de los dos, y aquí seguimos, en pie de guerra y dando la brasa 💪 más si cabe. Lo que realmente importa es si nosotros hacemos algo por ser esa persona. Si tomamos el testigo en la carrera de relevos y nos ponemos en modo activo en nuestra vida, en modo “dar” y no solo en modo “recibir”. 

Y si estás pensando eso de “aún no tengo edad para hacer algo así”, te diré que sé por experiencia que a veces, un niño de nueve años, puede cambiar tu día (sí, para mal también, pero no estamos aquí ahora por eso, no me seas cenizo/a) o incluso salvar tu futuro por el mero hecho de existir. Los que son padres lo entenderán.

Que pases un buen finde. Nos vemos en la próxima, si tú quieres.

Miren

Qué es esto y por qué te lo mando

Esta es la última idea que he tenido de esas locas que se me ocurren de vez en cuando. No tengo tiempo ni para respirar (igual que tú, igual que todos), pero sigo generando ideas para las que luego no sé si tendré el tiempo necesario. Como esto ya me ha pasado bastante a menudo, una ya se cubre las espaldas y se asegura de que el proyecto en cuestión va a ser algo llevadero.

Pero Miren… ¿esto qué es?

Es una newsletter. Un blog. Un algo que les pueda llegar a mis alumnos con textos (anécdotas, relatos…) que sean algo más que «algo para leer». Que sea un punto de motivación, un punto de estímulo, de luz. Un puntito, aunque sea. Un brillo de esperanza entre tanta nota media y tanto baremo.

Ah, entonces, ¿es sólo para alumnos?

No, no, no, no. Para alumnos actuales, para antiguos alumnos, para las familias (padres, hermanos, tíos, abuelos), para amigos de amigos, para cualquiera que tenga interés en sentarse en ese sofá en el que nos sentamos tan poco, el sofá de pararnos, respirar y coger energías.

Ah. Ya. Y lo vas a escribir tú.

Pues no, tampoco. Antes te decía que una ya va aprendiendo a meterse en berenjenales que solo pueda llevar a cabo. Y por eso no seré yo la que escriba. Bueno, si algún día me da el punto, lo hago. Pero no se trata de que escriba yo.

Muchas veces me encuentro con textos (cortos, relajémonos) que me gustaría compartir con todo el mundo, porque son retazos de la vida en los que uno vislumbra que no todo está perdido. Que el ser humano es capaz de cosas muy grandes. Y normalmente intento llevarlos a las clases, comentarlos con los alumnos; pero no siempre es posible; es más, casi nunca es posible; porque los temas que tenemos que ver en clase no dejan tiempo para mucho más. Y ahí es donde entra en juego este blog / newsletter / lo-que-sea.

Mi idea es compartir con todos vosotros esos textos, esas relatos, que me voy encontrando. Por eso, no va a tener una frecuencia fija, ni va a ser de una temática concreta. Será tan flexible como lo que la vida me vaya poniendo delante. Siempre, eso sí, citando el autor correspondiente.

¿Te apetece? ¿Le puede apetecer a mi alumnado, a su padres, a sus abuelos, a sus tíos, a sus amigos? Veámoslo. Si al final nos quedamos tres, pues seremos tres compartiendo ideas, motivaciones, etc.

¡Ah, eso si, que no se me olvide! Lo que aparezca en la newsletter se puede compartir y vocear a los cuatro vientos. Sobre todo, si sabes de alguien que le puede venir bien este blog (por su momento personal…, por lo que sea), no dudes en enviarle el enlace del blog.

Nos vemos en… el sofá en el nunca (o casi nunca) te sientas.